Plumas rojas

–Te deseo.
Miro sus labios pero no escucho lo que dice. Miro sus ojos y lo entiendo. Una mirada feroz que hace que me aparte y se me suban los colores de la vergüenza. Y me aparto. Es un hábito. No quiero desearte. No me preguntes, porque no podré mentir. Entonces entrarás en una espiral, sin comprender. No me provoques. No me mires más. Olvídame. Debo apartarme. Y las palabras nunca pronunciadas tienen esa mágia vinculante que pocos reconocen. Mi corazón se retira. La vergüenza se convierte en una máscara, una cubierta repelente. No quiero desearte.
Cierro la cremallera de la imaginación y mancho así mi mente con la sangre de un crimen. Muere el deseo.
Pero este es un ave fénix. Capaz de resucitar tras la muerte, pero incapaz de encontrar la llave de su jaula y marcharse a volar a su aire.
Y me mira.
–Deséame.
Me mira, y solo puedo cometer otro crimen. Pero un crimen distinto.